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martes, 23 de octubre de 2012

El barrio que te vio crecer

Meridiano Quinto


La geografía de mi barrio llevo en mí, será por eso que del todo no me fui: la esquina, el almacén, el piberío... lo reconozco... son algo mío... Ahora sé que la distancia no es real y me descubro en ese punto cardinal, volviendo a la niñez desde la luz teniendo siempre el corazón mirando al sur[1].

   Tal vez la extracción del tango con que arranca la nota, es una simple repetición de una postal que puede suceder en cualquier barrio de Argentina. ¿O acaso no es necesario tan solo pisar la vereda y girar un poquito la cabeza, para ver a los nenes jugando, a Doña María paseando el carrito de verduras? El barrio nos da un sentido de pertenencia, muchas veces mayor, al de la ciudad en que vivimos. Se nos infla el pecho cuando lo pronunciamos, y apretamos los nudillos cuando algún temerario intenta criticarlo.

  De la mano de la esquina, del almacén, del piberío; encontramos a los clubes. Esos lugares de encuentro, donde los más chicos fantasean con parecerse a sus ídolos deportivos, luciendo con el mismo orgullo la remera de Barcelona de Messi que alguna tía trajo de algún viaje; y la sudadera con los colores del club, vieja y desgastada, luego de haber sido usada y transpirada por tantos antes. Allí también confluyen los “viejos”, que entre bochas y Cinzano, siempre dedican un tiempo para añorar aquellos tiempos dorados del Club.